Archivo | septiembre, 2014

El Paspartú/ Luces y sombras en el viñedo: “Vendimiando, Jerez” (1914), de Joaquín Sorolla

25 Sep

Vendimiando-en-Jerez-1914

Palomino, Moscatel, Pedro Ximénez. Miles de kilos de estas uvas son trasegadas en estos momentos de los viñedos de Jerez a las barricas donde darán todo lo que llevan dentro durante meses, años o décadas. Hoy, como hace cien años, el sol cae de forma impenitente sobre los vendimiadores y el suelo blanco de albariza hace un último esfuerzo por retener el agua que ha servido para engordar las uvas durante el duro verano. La luz es tan intensa que, si quisiéramos contemplar el espectáculo, tendríamos que entornar los ojos hasta que la imagen se convirtiera en un puñado de manchas impresionistas.

Eso debió de ocurrirle a Joaquín Sorolla cuando, hace ahora exactamente un siglo, cogió sus pinceles y se marchó a Jerez para reflejar el origen de uno de los vinos españoles más afamados mundialmente. La elección no era casual. Tres años antes, el pintor valenciano, que gozaba de gran prestigio en América, había firmado un contrato con el millonario hispanista Archer Milton Huntington para pintar una serie de cuadros que reflejasen las gentes, trajes, costumbres y paisajes de diferentes pueblos españoles. La serie, titulada “Regiones de España y destinada a ocupar la Biblioteca de la Hispanic Society de Nueva York, debía pues recoger la “esencia” diversa y profunda de España.

El encargo llevó a Sorolla a realizar una verdadera investigación antropológica y a viajar por la geografía española durante más de ocho años. Cuando le tocó el turno a Andalucía, Sorolla, con esa mezcla de pintor etnográfico y sensual, eligió aquellos tópicos que mejor conocía su potencial público, elementos presentes en el imaginario mítico de los pocos norteamericanos que conocían aquel lugar exótico y pintoresco llamado Andalucía. Y recurrió, cómo no, a las procesiones, a los toreros y a las bailaoras. Pero no quiso olvidarse del vino que alegraba las sobremesas de británicos y norteamericanos. Por ello, entre sus paradas obligatorias, Sorolla decidió pasar unos días alojado en la mansión de El Cuco, perteneciente al bodeguero Pedro Nolasco González Soto, y realizar en total diez bocetos al óleo. En algunos se hace hincapié en el paisaje, en otros, en los anónimos protagonistas que daban comienzo a este vino mítico. Pero todos tienen algo en común: la luz vitalista y amable del pintor valenciano.

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 Con tanta luz, Sorolla, que en otras ocasiones no había dudado en denunciar situaciones críticas, tapaba quizás intencionadamente la realidad algo menos idílica que atravesaba el campo jerezano por aquellas fechas. Porque, desde finales del siglo XIX, varios eran los problemas que acuciaban a los trabajadores del vino de Jerez. Por un lado, la proliferación de vinos adulterados por parte de productores con pocos escrúpulos, que habían puesto en el mercado jereces de dudosa calidad e incluso potencialmente peligrosos para el consumidor, lo que había hecho caer en picado su centenario prestigio. A este hecho se unía que los principales mercados importadores, Inglaterra y Holanda, se lanzaron a la producción de “vinos de imitación” y productos como los “Australian Sherry”, “South African Sherry” o “Canadian Sherry” comenzaron a desplazar del mercado a los auténticos vinos jerezanos. Todo esto, evidentemente, acabó por hacer mella en la demanda y por tanto en los precios del vino de Jerez.

A todos estos problemas vino a unirse a principios de siglo el drama de la filoxera, que ya había acabado con gran parte del viñedo europeo y que, aunque tardíamente, acabó por arrasar parte del viñedo de la zona. Y por si todo esto fuera poco, las primeras décadas del siglo XX resultaron especialmente convulsas para los trabajadores del viñedo jerezano que, lejos de la estampa relajada de los cuadros de Sorolla, vivían profundamente preocupados por sus derechos. Después de no pocos enfrentamientos, los trabajadores del vino de la zona fueron conformando diferentes sociedades que promovían sus intereses y los defendían de posibles abusos.

Nada de esto asoma en los óleos de Sorolla. Sin embargo, es probable que algunos de estos problemas hubiesen llegado a oídos del millonario Huntington. Quizás por ello, estos bocetos no estuvieron finalmente entre los seleccionados para pasar a formato grande y adornar tan magna biblioteca, y ahora descansan humildes en la casa del pintor en Madrid. Bailaoras, nazarenos y toreros fueron considerados entonces unos mejores embajadores de Andalucía.

Otros paspartús aquí.

Links y bibliografía consultada:

Iglesias Rodríguez, Juan José (ed.), Historia y cultura del vino en Andalucía, Sevilla, Universidad, 1995, disponible aquí

Maldonado Rosso, Javier, La formación del capitalismo en el marco del Jerez…, Madrid, Huerga y Fierro [s.a.], disponible aquí

Shubert, Adrian, Historia social de España (1800-1990), Madrid, Nerea, 1990, disponible aquí

Jiménez, José Luis, “Sorolla en Jerez para pintar la vendimia”, Lavozdigital.es, 9/4/2006, disponible aquí

http://museosorolla.mcu.es/pdf/S10972_dossier.pdf

http://www.sherry.org/es/eljerezactual.cfm

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El G(o)losario: el foie

12 Sep

(Del lat. vulg. ficătum, del lat. [iecur] ficātum, [hígado] alimentado con higo)

 Foie fresco con higos. Podríamos encontrar ese plato en cualquier restaurante a la última (o a la penúltima). Pero lo que tendríamos delante no sería sólo un plato de moda, sino un auténtico jeroglífico. ¿Cuál es el origen de la palabra foie? La respuesta no es otra que el acompañamiento de este plato imaginario.

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Mi merienda de ayer. Foto: V.Q.C.

El higo y el foie han ido de la mano desde tiempos inmemoriales. La pequeña diferencia es que el maridaje no se hacía antaño en el estómago de los comensales sino en el de los adorables patos y gansos. Griegos y después romanos se percataron de que, alimentando a estas aves con higos, se lograba que su hígado adquiriese unos matices dulces y sabrosos que hicieron las maravillas de los glotones del mundo antiguo. El resultado fue llamado por los griegos con un nombre tan poco apetecible como “hépar sykotón”, apelativo dulcificado después por los romanos, que lo denominaron “iecur ficátum”, o lo que es lo mismo, “hígado alimentado de higos”. Plato habitual en los grandes banquetes, tal y como recoge Horacio en sus Sátiras (Pinguibus et ficis pastum jecur anseris albi), esta técnica culinaria, que algunos asignan al propio Apicius, pasó con el tiempo a abreviarse y llamarse simplemente “ficatum”. Fue así como llegó al latín vulgar y de ahí a todas las lenguas romances: desde el francés, donde se transformó en el sofisticado “foie”, hasta el castellano, donde primero evolucionó a “fégado” y de ahí a “hígado”, con el que pasó a denominarse no sólo el órgano de estas aves, sino, curiosamente, también el de los seres humanos, tenga o no la suerte de ser alimentado con el delicado fruto de la higuera.

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