Archivo | noviembre, 2015

El Paspartú/ Y América llegó al plato (y al arte). “Vieja friendo huevos”, de Diego Velázquez, 1618

25 Nov

Resulta divertido, casi cómico, imaginarse a Cristóbal Colón a su regreso a España en 1493. ¿Cómo explicar lo que acababa de vivir sin ser tomado por un loco? ¿cómo justificar ante los todopoderosos Isabel y Fernando que su dinero había servido para algo mucho más prometedor de lo que ellos pensaban sin sonar a estafa? Eran tantas y tan sorprendentes las noticias que traía que resulta fácil imaginarse el farragoso discurso del navegante y la cara de escepticismo de los reyes, pensado que el genovés había enloquecido o que, directamente, les tomaba el pelo. Quizás el resultado de la entrevista habría sido distinto si Colón no hubiese tenido la magnífica idea de traer pruebas físicas de su fabuloso relato. “Diez indios, axí, batata, gallipavos y maíz”, según relataba el propio protagonista, fueron suficientes para que los reyes dieran credibilidad a su historia y, de paso, se iniciara una nueva era en Occidente.

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Sin embargo, lo que comenzó siendo una mera forma de probar sus meses de andanza por el mundo acabó siendo el inicio de una revolución culinaria que, junto a las aportaciones romanas y árabes, resultó esencial para la construcción de lo que hoy denominamos gastronomía española. El propio Colón parecía consciente de ello. De entre su particular botín, mostró un especial cariño por el llamado ají por los tainos, chilli en lengua náhuatl, y que sería rebautizado al llegar a Europa con el nombre de “pimiento. El propio Colón contribuyó al nombre, al señalar que el axí era “su pimienta”, por su sabor picante y su omnipresencia como condimento.

La posibilidad de obtener un producto similar a la pimienta asiática, mucho más barato y fácil de conseguir explica el entusiasmo que generó en tiempo récord en Europa la “pimienta de Indias”, especialmente entre las clases humildes, cuyo acceso a las costosas especias estaba vetado. Seco, para dar potencia a los guisos; en polvo, como pimentón, para dar color a platos y embutidos. Pocos alimentos más versátiles llegaban desde el otro lado del Atlántico. Un poco más tardaría en convertirse en la verdura jugosa que hoy conocemos. Para ello sería necesaria la intervención de los botánicos napolitanos, entonces en manos del vasto imperio español, que obrarían el milagro genético que dio como resultado la gran variedad actual de pimientos.

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Sin embargo, a pesar de la rápida aceptación de este producto, lo cierto es que tuvieron que pasar más de cien años del Descubrimiento para que el pimiento saltara del plato al lienzo de un artista. Dos razones podrían explicarlo: por un lado, las reticencias que el propio fruto producía entre las clases altas, que no contemplaban el consumo de verduras y menos aún si estas procedían de civilizaciones consideradas inferiores. Al ser los principales promotores del arte, parece lógico que ningún pintor optara por incluir estos frutos en los cuadros encargados. El otro gran promotor, la Iglesia, tampoco veía con buenos ojos la presencia de estos productos en las obras de arte. Obsesionada por trasmitir un mensaje de contención y austeridad, los intensos colores, el carácter picante y formas sinuosas del pimiento lo convertían en un anatema pictórico.

Sin embargo, era cuestión de tiempo que el pimiento se colase en la historia del arte. En concreto, resulta lógico que lo hiciera en la representación de uno de los géneros más extendidos en el Barroco español, el bodegón. Por último, también resulta lógico que lo hiciera en el lugar al que llegaban en primicia estos productos, Sevilla. Y toda esa confluencia de lógicas históricas recayó en los pinceles de un joven pintor llamado Diego Velázquez.

Corría el año 1618 y el joven Velázquez iniciaba su carrera en el taller sevillano del pintor Francisco Pacheco. Allí sentaría las bases de su genio, despuntando desde muy pronto en la reproducción casi fotográfica de todo tipo de texturas: cristal, metales… Sin duda, los bodegones eran un buen campo de pruebas y por ello realizó seis obras de este género entre 1618 y 1622. Todo tipo de texturas y superficies fueron reproducidas por el pintor sevillano, sin renunciar por ello a la presencia de personas que, con sus gestos y actitudes, contribuían a dar un sentido profundo y completo a sus bodegones.

Los bodegones de Velázquez, además de una indudable calidad, tienen un enorme valor documental, pues su mirada resulta casi etnográfica. La cocina en la que se desarrolla la escena de uno de estos bodegones, Vieja friendo huevos (por cierto, no está claro si los está friendo o escalfando) podría ser perfectamente la cocina en la que se crió el propio pintor.

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Detalle del pimiento en la obra “Cristo en casa de Marta y María”. Diego Velázquez, 1618.

El canasto colgado, el trapo, en otro tiempo blanco y ennegrecido por la mala vida, la imprescindible báscula romana, el anafre u hornillo portátil de tradición andalusí, la cazuela de barro… y en el extremo inferior, dos pimientos secos, que sin quererlo y junto al de la obra del mismo año Cristo en casa de Marta y María, constituyen muy probablemente la primera representación de un pimiento en la historia del arte occidental. Y lo hacen, cómo no, de la forma en la que fueron asimilados más rápidamente por las clases populares como las representadas en esta obra: como condimento y especia. Como señalaba el médico sevillano Nicolás de Monardes, “no hay huerto ni jardín ni macetón que no la tenga sembrada (…) usan dellos en todos los guisados y potages”. Tal familiaridad es la que desprenden los pimientos de Velázquez, que, lejos de representarlos como un producto exótico, probablemente lo hizo sin ser consciente de la trascendencia de su gesto. Con unas pocas pinceladas dejaba constancia de una realidad que llevaba un siglo presente en las cocinas humildes de toda España y de paso rompía el injusto silencio que durante décadas había caído sobre uno de los productos que vendría de América a cambiar nuestra gastronomía para siempre.

Otros paspartús aquí.

Bibliografía consultada:

Moreno Gómez, J. (2001): «Los productos americanos en la pintura: el pimiento en el Bodegón de Velázquez». Isla de Arriarán: revista cultural y científica, 18: 289-303.

Quintanar Cabello, Vanessa (2015): «Alimentos emigrantes: influencias culinarias entre México y España». Anales del Museo de América (en prensa).

Simón Palmer, M. de C. (2010): «El impacto del Nuevo Mundo en los fogones españoles». Forum Editrice, 4: 51-63.

 

 

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