Tag Archives: Países Bajos

El Paspartú/ Cuando cocinar es virtud: “La lechera”, de Vermeer, ca. 1660

22 May

Nada parece poder desconcentrarla. Tan ensimismada está que parece no advertir las decenas de miradas que vigilan cada uno de sus movimientos. Ni se inmuta ante los flashes furtivos, ni siquiera por el grito impaciente de mi hijo que retumba en las bóvedas del Rijksmuseum. Allí está, con pulso firme y mirada fija en el hilo de leche que sale de la pesada jarra.

Vermeer-La-LecheraCon ese gesto imperturbable, La lechera de Vermeer (ca. 1660) parece responder a la expectación de los millones de visitantes que cada año se agolpan para apreciar los detalles de un pequeño cuadro de apenas 44,5×41 cm. Sin embargo, cuando Vermeer pintó esta obra jamás pudo imaginar que su lechera sería uno de los cuadros estrella del principal museo de Holanda y una de las obras cumbre del Siglo de Oro. La serenidad de su protagonista no es la respuesta a las miradas expectantes, sino una de las más bellas representaciones del nuevo concepto de persona que se abrió paso en los Países Bajos en el siglo XVII.

La Reforma protestante había triunfado en la zona y en pleno siglo XVII los Países Bajos se erigían como uno de sus baluartes morales frente a las ideas contrarreformistas que triunfaban en el sur de Europa. El concepto de Iglesia como institución, la práctica religiosa o el concepto mismo de persona eran los caballos de batalla. Los libros y la pintura, los principales campos para el combate de ideas.

Dos ideas sobre el hombre rompían con la tradición católica. La primera tenía que ver con la importancia del sujeto por sí mismo y no como miembro de una comunidad. Se ponían en valor las ideas y acciones individuales y se promovía la conciencia de uno mismo. Relacionado con esto se otorgaba una importancia capital a los actos en la vida terrenal y la necesidad de practicar la virtud constantemente. En este nuevo concepto individualista del ser humano el trabajo se erigía en un camino infalible para alcanzar esa virtud: nos obligaba a centrar nuestros actos, a perseverar, a esforzarnos, a transformar y crear, a desarrollarnos y progresar como individuos. Por ello, no es de extrañar que en los Países Bajos se iniciara a través del arte una auténtica oda a la “vida corriente”, una santificación de lo cotidiano gracias a las buenas acciones.

En la lechera de Vermeer confluyen ambas ideas. La mujer que protagoniza la imagen no es una alegoría sino una persona concreta: Tanneke Everpoel, cocinera que trabajó en casa del pintor y que, pese a su humilde quehacer, se nos presenta como una mujer monumental, serena, segura… y entregada a su trabajo, la preparación de una masa esponjosa en un conocido como horno holandés, donde a los huevos batidos y el pan que ya se cocinan a fuego lento, la sirvienta está a punto de incorporar la leche. Un plato sencillo pero que necesitaba precisión en las proporciones y buen pulso para incorporar la leche poco a poco.

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Tanneke ejecuta su acción sin ser molestada. Y, sin embargo, Vermeer pensó en llenar el cuadro de tentaciones. Según un examen radiográfico del cuadro, en la versión original se incluía un perro en primer plano y un hombre al fondo, ambos símbolos de las tentaciones carnales. El pintor decidió finalmente no importunar a su sirvienta en su virtuosa labor. No obstante, dos detalles en el cuadro nos dan pistas de que la tentación acecha incluso a los más virtuosos: la estufa que calienta la estancia y que se asocia al ardor amoroso y la representación de Cupido en las baldosas de cerámica que aparecen junto a la fuente de calor son símbolos de la tentación de la que finalmente la protagonista parece haber escapado. A través de su trabajo, el de cocinar, ha alcanzado una paz interior que nada ni nadie puede romper. La sencillez de la estancia y la cálida luz de la ventana le ayudan en ese camino. También los alimentos con los que prepara su postre. Huevos, pan y leche. Sencillos, pero dignos y fundamentales, como ella misma y su trabajo.

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* Para la elaboración de ese post, he consultado el interesante artículo de Valeriano Bozal “La pintura holandesa del siglo XVII y los orígenes del mundo moderno”, disponible aquí y el contenido de la audioguía del Rijksmuseum sobre la obra, disponible aquí.

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El Paspartú / El “milagroso tubérculo”. Los comedores de patatas, de Vicent Van Gogh, 1885

21 Nov

Casi podría decirse que son las patatas las que iluminan la estancia. Como un humilde punto de luz, alumbran tenuemente la habitación que parece una madriguera. Quizás sea sólo un efecto óptico o la metáfora de lo que en ese preciso instante está ocurriendo en el estómago de estos campesinos. Unas simples patatas pondrán un poco de luz a un día pasado prácticamente en ayunas.

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Pero las patatas no solo sirven para iluminar el cuadro. Cuando Van Gogh ideó su Comedores de patatas, parece que pensó en ellas como el leitmotiv para toda la escena y decidió que sus características apareciesen desparramadas por todo el cuadro. Los colores terrosos dominan la composición, la presencia de otros tonos se oscurece adrede con una capa marrón y lo hace, a nuestros ojos, mugriento e impregnado por la tierra que trabajan con sus manos los protagonistas del cuadro. Pero no es solo el color. La formas toscas de una patata también se prolongan en las gruesas pinceladas que dibujan los contornos agitados y deformes de los rostros, de las manos, de las prendas, de los escasos muebles que llenan la estancia.

No son solo las características negativas de las patatas las que impregnan el cuadro. También lo es la humilde dignidad que representan. Son versátiles, muy productivas y pueden ser la base de grandes platos. Los comedores de patatas comparten ese halo de dignidad con su alimento. El silencio de los comensales, su carácter ensimismado y la propia disposición de los alimentos dotan a un acto cotidiano de un cierto carácter ritual que muy probablemente Van Gogh heredó de los prototipos sacros, como La cena de Emaús de Rembrandt.

A diferencia del rompedor estilo del pintor, que ya es incipiente en este cuadro, la representación casi ritual de servir el café o tomar las patatas sin voracidad no era original, pues Van Gogh la tomó prestada con toda probabilidad de una tradición pictórica del siglo XIX que consistía en fusionar comida campesina y ritual cristiano, dotando de dignidad a las clases más bajas. Es probable que el pintor tuviese conocimiento de cuadros como Bendiciendo la mesa de De Groux, Comida Frugal o Comida de campesinos de Jozef Israëls. Además de los gestos de sus protagonistas, y para despejar cualquier duda sobre la trascendencia mística de ese acto cotidiano, Van Gogh coloca una discreta crucifixión enmarcada en la parte superior izquierda del cuadro.

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Cuadros que pudieron servir de inspiración a Van Gogh.

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Frente al misticismo de esos detalles, sin embargo, se impone en el cuadro lo terrenal gracias al acto cotidiano de comer y a lo que comen. Las patatas no podían ser más familiares para sus protagonistas e incluso para los potenciales clientes de la obra. Este tubérculo constituía la base alimenticia de las clases bajas. Según datos de la época, hacia la segunda mitad del siglo XIX, el consumo medio del “milagroso tubérculo” en los Países Bajos meridionales se estimaba en unos 700 a 750 gramos, o unas 490 a 527 calorías diarias. La patata desplazó al cultivo de centeno y trigo, de forma que la tierra sembrada con patatas aumentó doce veces en la segunda mitad del siglo XVIII y se triplicó entre 1800 y 1830. Es lo que el historiador Michel Morineau denominó la expansión a gran escala de los “cultivos de pobreza” en la era pre-industrial, que obligaba a alimentarse de maíz en vez de trigo, de patatas en lugar de centeno. Paises Bajos no era una excepción. Las clases bajas de Alemania, Inglaterra e Irlanda encontraban la mayor parte de su aporte calórico en este tubérculo. Como señalaba el agrónomo y escritor inglés Sir John Sinclair, “es difícil concebir cómo podría haber subsistido el pueblo en este país si no hubiera sido por la afortunada introducción y extensivo cultivo de esta valiosa planta”.

Sobre la elección de esta escena, que Van Gogh representó durante su estancia en Nuenen (Países Bajos) y la crítica social que pudiera haber detrás, los críticos no parecen ponerse de acuerdo. Como señala la historiadora Griselda Pollock, el cuadro iba dirigido no a ayudar a los campesinos a tomar conciencia de clase, sino a seducir con sus pinceles a sus interlocutores, burgueses urbanos, “nosotras las personas civilizadas”, como escribiría el propio Van Gogh en una de sus cartas. Sin embargo, en esa misma carta, el pintor parece mostrar una cierta sensibilidad hacia los retratados al señalar sobre su obra: “he intentado destacar que estas personas, que están comiendo patatas a la luz de una lámpara, han cavado la tierra con las mismas manos que ponen en el plato, y de ese modo habla de su trabajo manual y de cómo ganan el pan honestamente”. Sea cual fuese su intención, lo cierto es que poco tiempo después de finalizar esta obra, Van Gogh abandonó el sencillo modo de vida rural, sus problemáticas y su parca paleta de colores y huyó hacia paisajes saturados de color, aunque no necesariamente más alegres.

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Bibliografía consultada:

Lis-Hugo Soly, Catharina, Pobreza y capitalismo en la Europa preindustrial (1350-1850), Madrid, Akal, 1984, disponible aquí

Rosenblum, Robert , Janson H. W. , El arte del siglo XIX, Madrid, Akal, 1984, disponible aquí

VV. AA. , Historia crítica del arte del siglo XIX, Madrid, Akal, 2001, disponible aquí

Naifeh, Steven y White Smith, Gregory, Van Gogh. La vida, Madrid, Taurus, 2012, disponible aquí

El Paspartú/ ¡Que vivan los novios (y una gran cosecha)!: ‘El banquete nupcial’, de Brueghel el Viejo (c. 1567)

29 Jul

Pocos eventos sociales nos dan tanta información como una boda. Las modas (¿quién no tiene en casa fotos de bodas de los ochenta repletas de hombreras y pelos cardados?), los usos sociales  o la comida que se sirve van mucho más allá de un mero enlace matrimonial. Se podría decir que es un buen ejemplo de lo que el antropólogo Marcel Mauss llamaba “hecho social total”.

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‘El banquete nupcial’, de Brueghel el Viejo (c. 1567)

Estamos en los Países Bajos, probablemente en el otoño de 1567. A pesar de que nos encontramos en la casa de un personaje adinerado, lo primero que llama la atención es la falta de boato del evento. Grandes tableros sobre caballetes sirven como improvisadas mesas. Rústicos bancos e incluso una tinaja hacen las veces de asiento, con una excepción, la silla con respaldo ofrecida al señor notario, cuya función era vital: establecer los términos del contrato. El protocolo tampoco es excesivo en el servicio de la comida: dos hombres portan en primer plano una puerta que les sirve como bandeja para transportar las escudillas de sopa.

Ante lo prosaico de la escena, algunos historiadores del arte se resisten a pensar que no haya un significado simbólico más allá de lo que vemos. Algunos han querido ver en esta escena una alegoría de las bodas de Caná; otros, de la Última Cena; incluso los más “imaginativos” han visto en la obra de Brueghel una representación del pecado mortal de la gula.

Al margen de posibles interpretaciones en clave religiosa, este cuadro es de por sí un interesante documento de la realidad social de los Países Bajos en el siglo XVI. Para ello, sólo tenemos que acercar la lupa de la historia.

De esta forma, de repente, vemos que el muro amarillo del fondo es en realidad un granero rebosante. Que un granero de hace 400 años tuviera este aspecto era percibido de una forma muy diferente a como podemos verlo ahora: en el siglo XVI los cereales constituían el elemento básico de la alimentación, bien en forma de pan o de sopa. Esta imagen era para los contemporáneos de Brueghel  una forma de visualizar un año sin hambre. Y, en aquel momento, no era poca cosa, pues el fantasma de la inanición estaba omnipresente en toda Europa debido a las dramáticas oscilaciones de las cosechas que,  según algunos historiadores, en los Países Bajos podía disminuir según el año hasta en un 80%. Así puede comprenderse la importancia de tener un granero bien repleto. Era una cuestión de vida o muerte. Así de simple. Aun así, hay que decir que los campesinos flamencos del siglo XVI vivían en condiciones mucho mejores que la mayoría de sus semejantes en Europa. Entre otras cosas, porque gozaban de libertad. El concepto de servidumbre no existía ya en aquellas latitudes y las prestaciones a señores feudales habían sido abolidas por ley. Esta relativa armonía se rompería poco después de la muerte de Brueghel el Viejo, cuando los Países Bajos iniciaron el largo camino hacia su independencia.

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Detalle: El dueño de la granja departe con un monje ante la atenta mirada del sirviente que, cuchara en ristre, espera probar la sopa que transporta.

Pero hasta que llegase ese momento, los Países Bajos se erigían como una de las áreas más prósperas de Europa. La manufactura textil y el importante tráfico en sus puertos convirtieron a la zona en un verdadero centro económico de Europa. En gran medida, esta riqueza se produjo gracias a la gran productividad del sector agrícola, que además contó con la ayuda de una creciente burguesía que, frente a otros lugares, invirtió y mucho en el campo. Una de estas personas podría ser el hombre del traje negro que se sitúa en el extremo derecho del cuadro y que probablemente es el dueño de la granja. Le vemos conversando animadamente con un monje y es que el clero de los Países Bajos mantuvo una fluida relación con los nobles y la alta burguesía, por lo que a los contemporáneos de Brueghel no debió de sorprenderles verlos en actitud amistosa en el cuadro.

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Detalle: el novio reparte el vino en las jarras y una adorable niña se relame. Nadie se atreverá a quitarle lo que está comiendo, viendo la navaja que lleva consigo.

Frente a ellos se sitúa un representante de la clase popular: el sirviente que, con su cuchara de madera en el gorro y su bolsa colgada al hombro, representa a un nutrido grupo de la población de campesinos sin tierra que se desplazaban de granja en granja buscando trabajos temporales, portando esa cuchara y esa bolsa como únicas posesiones. Esa cuchara también nos ofrece pistas del uso de los cubiertos en aquel momento. Como puede observarse, se trata de una cuchara redonda y no ovalada, forma que se introdujo más tarde, cuando se impuso la idea de que no era educado abrir tanto la boca para comer. El tenedor era escasamente utilizado en aquella época (los dedos eran su sustituto) y el cuchillo no formaba parte del menaje, sino de las pertenencias personales. Cada uno tenía su cuchillo, incluso los niños, como la chica del primer plano que lleva colgado uno a la cintura.

Pero no todo era comida en los Países Bajos: durante siglos el vino fue muy popular (en el cuadro, un joven, quizás el novio, rellena las jarras con esta bebida), pues las viñas llegaban hasta la zona y no sería precisamente hasta el siglo XVI cuando los límites del viñedo europeo descenderían hasta más o menos donde se encuentran en la actualidad. Sin embargo, que nadie se lleve a engaño: el vino holandés era, según las crónicas de la época, escaso y agrio. Quizás eso explica que pronto fuera sustituido por la cerveza, que provenía de Alemania y que ya en el siglo XVI comenzó a producirse en la zona. Es posible que los campesinos del cuadro hubieran fabricado su propia cerveza, pues la producción casera estaba muy extendida y curiosamente era una labor femenina. Se dice que en la época  cada persona consumía un litro de cerveza al día, pues era para ellos un elemento importante en la alimentación. Y también un modo de celebrar las alegrías. En el cuadro no apreciamos ningún signo de embriaguez en sus personajes.  Pero todo será cuestión de tiempo, pues, como refleja el cuadro La danza campesina del mismo autor y que puede entenderse como un complemento al cuadro que nos ocupa, el panorama ha cambiado bastante tan sólo unas horas después y la fiesta está a punto de derivar en una auténtica bacanal. Como en todas las bodas, las de ayer y las de hoy, la cosa siempre acaba saliéndose de madre…

la danza

La misma boda, unas horas después.

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*Datos extraídos principalmente del capítulo “Pieter Brueghel el Viejo, El banquete nupcial, hacia 1567. La cosecha fue buena y la muchacha se casa”, en Hagen, Rose-Marie y Hagen, Rainer, Los secretos de las obras de arte. Del tapiz de Bayeux a los murales de Diego Rivera. Tomo II, Madrid: Taschen, 2000, pp. 269-283, que me regaló mi hermano Óscar. Y menuda joyita que me regaló.

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